La última pesca

Pepe Miguez

La última pesca

Las noticias eran alarmantes, la pandemia del virus avanzaba a paso firme y los casos aumentaban lenta pero inexorablemente. En la radio y la TV especulan con una paralización total de actividades y una posible cuarentena total obligatoria.

Algunos de nosotros tenían incluso ticket aéreo para viajar a España justo una semana después, los hechos se precipitaban, en Europa el virus se mostraba incontenible y las autoridades extremaban las medidas sanitarias, ¿cuánto tardarían en llegar a nuestros ámbitos?

Desde hacía tiempo habíamos arreglado con Julián Locatelli visitar algunos espejos de agua cercanos a su pueblo Norberto de la Riestra, según él “infestados” de tarariras. Por diversos motivos la visita se había postergado, una vez por mal tiempo, otra por no estar disponible el acceso, y alguna otra por imposibilidad propia.

Estación de tren Norberto de la Riestra

Finalmente, alarmados por los acontecimientos y ante la posibilidad de entrar en restricciones definitivas impuestas por medidas sanitarias, decidimos encarar la que posiblemente fuera “la última pesca de la temporada”, incluso la última que pudiera hacerse en mucho tiempo si es que la situación se agravara (la realidad demostró que cualquier especulación quedaría corta).

Así, decidimos que iríamos a los pagos de Julián el 14 de marzo.  Fueron invitados todos los miembros de la peña, las respuestas no parecían entusiasmar a la muchachada, ya fuera por cautela o temor, o por los magros resultados obtenidos en sendas salidas tarucheras, lo cierto es que solo Patricio Scorza, Héctor Paletta y quien escribe nos anotamos para salir el sábado.

El pronóstico meteorológico anunciaba leves lloviznas en la zona hasta las nueve de la mañana, y luego tiempo suave, algo nublado y apacible; Muy apto para una pesca sin los castigos de esos días tremendos de calor que habíamos sufrido en las últimas excursiones. Por lo tanto con más esperanzas y deseos que certeza de buenas capturas, empecé a juntar las cosas para el sábado.

Hermosa mañana para salir a pescar

Frente a la posibilidad de que fuera la última salida de temporada, habíamos quedado en suplantar los colosales asados y comilonas de costumbre por algún tentempié simple que no nos hiciera perder tiempo, no estábamos dispuestos a darle la más mínima ventaja a las hoplias. Quedamos en llevar un “disco”, algún churrasquito para hacer “vuelta y vuelta” y un par de bebidas para la sed, yo agregué unos chorizos para hacer a modo de hamburguesas. Todo estaba listo, Héctor pasaría a las 6 am., y juntos recogeríamos a Patricio en el camino.

A las 6 en punto estaba Paletta en casa con los ojos pegados por la trasnochada, había traído incluso una almohada para ir durmiendo en el viaje (no es sencilla la vida del pescador; ¡todo deporte exige sacrificios!). Cambiamos las cosas de vehículo y salimos rumbo a la 205; aún no amanecía y comenzaba a lloviznar.

Sin duda teníamos “mucha suerte” …pero toda mala; en menos de diez minutos se descargó uno de los aguaceros más intensos que haya visto, el agua caía a baldes, apenas se podía ver el camino, y no aflojaba, parece que los del “wind-gurú” le habían pifiado mal, habían anunciado “leves lloviznas” y tiempo “apacible”, y el cielo se “caía a pedazos”. Pero bueno, seguro que en Norberto de la Riestra el clima iba a estar “suave”. ¡¡¡Error!!!, en el pueblo de Julián la tormenta también era feroz.

A la 7 salió Patricio de la casa con un paragüas en la mano y un bolso con el equipo de pesca en la otra, -no parece el mejor día para ir a pescar dijo-, ninguno de los dos agregó nada, salimos rumbo al sur bajo una cortina de agua.

Dos horas después paramos en Roque Pérez para un desayuno rápido y para coordinar el encuentro con Julián; la tempestad seguía arreciando.

Fuimos todos hasta el “Club de Pesca de Bernardo de la Riestra”, una vieja casona en la que nuestro amigo y un grupo de entusiastas con mucho esfuerzo intentan promocionar las bondades de nuestro deporte.

El temporal parecía que no iba a parar, como a las 11 de la mañana y a cubierto del agua decidimos adelantar el almuerzo para darle al “wind-gurú” la posibilidad de acertar tardíamente su pronóstico y aunque más no fuera tratar de aprovechar parte de la tarde para relevar la laguna.

Patricio con un “hermoso pescadito”

Con el disco de arado encima de la hornalla pronto estuvieron listas las “arañitas encebolladas” y unas hamburguesas de chorizo con lechuga tomate y huevo. El tiempo estaría malo, pero la comida al parecer estaba buena a juzgar por el escaso tiempo que duró en la mesa.

Sobre el mediodía apareció Gustavo, un amigo de Julián, que junto al operador de la laguna nos llevaría hasta la estancia.

De pronto, como si el Dios de los vientos y los pescadores se hubiera compadecido, cesó de llover; -vamos dijo Gustavo, son 7 Km. de tierra hasta la entrada al campo, difícil que el chancho chifle dije yo, -con lo que llovió no vamos a llegar ni con un tractor-; no pasa nada agregó Julián el camino está firme, y cualquier cosa vamos a buscar un tractor a la estancia.

No creo que valga la pena quedarnos encajados en el barro para pescar solo un par de horas en medio de un día horrible en el que las tarariras debían estar en el fondo del charco, abrigadas con sobretodo y piloto de agua! pensé para mis adentros. Con más dudas que esperanzas y solo para no quedar como el “corta mambos” del grupo, puse en marcha mi camioneta (sin doble tracción) y me pegué atrás de los anfitriones.

A los pocos minutos estábamos “peludeando” en un camino rural; no podía apartar de mi cabeza la última vez que con mi amigo Paletta nos habíamos quedado enterrados en una cuneta de Entre Ríos y nos tuvieron que ir a rescatar los bomberos (cuando ya estábamos dispuestos a pasar la noche dentro de la camioneta muertos de hambre y de frío, y tapados de barro hasta el “cogote”).

Así, salpicando barro para todos lados y “bailando” sobre las huellas del vehículo que nos guiaba por delante avanzamos lenta y trabajosamente.

No puedo calcular cuánto tiempo estuvimos “luchando contra los elementos”, pero luego de lo que a mí me pareció una eternidad, por fin llegamos a la tranquera de acceso; entre lluvia intermitente y vientos pronunciados por fin llegamos a la bendita laguna, ni por asomo hubiera imaginado como terminaría ese día.

Dentro del campo, el piso se presentaba mucho más firme. Después de un corto trecho arribamos a un pequeño espejo de agua con variados juncales y limpiones entre ellos, que se veían prometedores para la pesca si no fuera por el día horrible de viento lluvia y frío que nos había tocado.

Mientras todos armaban los equipos y se ponían la indumentaria, me acerqué a la orilla para evaluar las condiciones de pesca. Parecían ideales, se podía llegar a la orilla sin necesidad de meterse en el agua y quedar a distancia de tiro de los limpiones entre los juncos (ideal para mis disminuidas capacidades de pesca).

Volví hacia las camionetas, justo cuando los anfitriones ya estaban listos para meterse en el agua. Esta es una lagunita menor de “desborde”, anunció Gustavo; la laguna grande está más allá, después de los eucaliptus, pero vamos a hacer unos tiros acá  para probar.

Enseguida se metieron en el agua y empezaron a pescar. Varías cosas me llamaron la atención; tiraban unos señuelos de madera enormes y pesados con unos anzuelos todavía más grandes (pescaban con carnada y equipos de spinning), pero sobre todo tiraban hacia el medio del agua limpia, no hacia los juncos o en la cercanía de estos como es tradicional en la pesca de tarariras en lagunas bonaerenses.

Seguí observando mientras los “porteños” terminaban de vestirse y preparar las cañas. Enseguida el operador de la laguna tuvo un pique fuerte y clavó la primera tarucha. Por cómo se doblaba la caña parecía bastante grandecita. Cuando la arrimó, no era grandecita… ¡era enorme!, una soberbia tararira de al menos dos kilos o más. Enseguida Gustavo clavó otra algo menor pero igualmente linda. Camino a la laguna principal (a unos 250 m.), salieron cuatro o cinco peces más, de tamaño corriente, en un pequeño canal de desagüe que conecta ambos espejos de agua.

Entusiasmados por las primeras capturas, mientras el grupo iba hasta la laguna principal, armé mi caña y desde la orilla hice los primeros intentos, entre gotones de lluvia que caían por momentos y rachas arremolinadas de viento que hacían danzar a las nubes en un cielo gris y amenazante. Mal día para tarariras pensé; lluvia, frío, viento. Sería un milagro que estos bichos se animaran a salir en semejante clima.

Sin embargo, en el tercer o cuarto tiro al medio de un clarito entre los juncos que no estaba a más de 10 metros, el pequeño popper que tenía en la punta de la línea fue atacado con ferocidad. No pude clavarla tal vez por estar distraído o tal vez porque le saqué el señuelo de la boca demasiado rápido. Obviamente insistí en el mismo lugar un par de veces más hasta que logré que tomara firme; el resultado: una pequeña pero brava tararira que se dignó a salir justo cuando comenzaba a llover nuevamente.

Bajo una lluvia moderada y entusiasmado por la primera captura, seguí tirando los poppers al agua desde la orilla; sin meterme en el agua (luego de un accidente, tengo dificultades para mantener el equilibrio en fondos barrosos o irregulares), hice varios intentos que por la justeza de los lances y por el viento cambiante terminaron con mis moscas decorando los juncos. Aun así antes de terminar la provisión logré la captura de dos tarariras más que fueron devueltas rigurosamente.

“¿Como les estará yendo a los muchachos?” pensé, el frío me estaba castigando un poco y otra vez lloviznaba suave. Hora de meterse en la camioneta y dormir una pequeña siesta, de todos modos no creo que con este día haya mucho pique, seguro que en cualquier momento los muchachos regresarán con suerte con un par de capturas como las mías cada uno y pasados de frío y agua. ¡Que equivocado estaba…!

Sin poder dormir mucho y ante un breve escampado, salí de nuevo a intentar algún pique. Visto que los tres poppers que tenía en la caja estaban decorando los juncos, puse un tucán, alguna mosca mediana de dorado y hasta una creación de urgencia que hice desarmando otro tucán y poniéndole al frente un “cuadrado” de foam. Hice varios intentos infructuosos que, salvo una pequeña captura aislada terminaron también como guirnalda en los pastizales. Otra vez llovía y soplaba el viento, otra vez adentro de la chata, no fuera cosa que encima me enfermara por andar afuera en esta horrible jornada de pesca.

Enseguida aparecieron Gustavo y nuestro anfitrión relevando de nuevo el canal de descarga. De nuevo sacaron tres o cuatro tarariras de mediano tamaño. Tus compañeros se están haciendo un festín dijo Gustavo mientras tiraba de nuevo en el charco de desborde. ¿En serio?, le contesté, -sí, deben haber sacado 30 taruchas cada uno, y siguen metidos en el agua, entonces no vuelven más le dije de nuevo, más vale que los llamen, caso contrario no salen hasta la noche.

¿Treinta taruchas cada uno? con este día? increíble.
Una buena media hora después y ya cayendo la tarde van llegando Julián Patricio y Héctor; apenas pueden levantar los brazos, están exhaustos, muertos de cansancio, pero todos con una sonrisa en la cara. Todos habían perdido la cuenta de los peces capturados, de todos los tamaños y colores, pequeños, mediano y varios trofeos. Todos estaban felices y exultantes. Mientras nos cambiábamos y acomodábamos el equipo, ya estábamos haciendo la cuenta de la nueva visita.

Un capítulo aparte merecen las moscas y señuelos utilizados; los hubo de todo tipo pelos y señales. Desde las “creaciones disparatadas” de nuestro amigo Paletta, hasta las más tradicionales de Patricio todas pescaron, y lo hicieron en abundancia. Poppers, imitaciones de lauchas, tucanes, corchos de sidra con patas de goma, ranas, y casi cualquier cosa que flotara o hiciera ruido fueron tiradas al agua con muy buenos resultados.

Cansados pero felices desandamos el camino de barro (esta vez más confiados) y volvimos para el club de pesca. Un par de cervezas rápidas sirvieron para volver a evocar el fragor de la lucha y las capturas. Las primeras sombras de la noche llegaban anunciando que había que regresar, nos despedimos de los anfitriones y salimos despacito por la avenida central de Norberto de la Riestra.

Conclusión:

Una jornada de pesca de lo más atípica. Una mañana de lluvia torrencial, con poca o ninguna expectativa de pesca, sobre todo de tarariras, un pez que en teoría se caracteriza por activarse solo con altas temperaturas. Un almuerzo sabroso pero frugal y un acceso apto solo para expertos en caminos difíciles. Una laguna literalmente “infestada” de tarangas, con tamaños y capturas realmente sorprendentes.

No cabe duda que la laguna La Encadenada de Norberto de la Riestra está llamada a convertirse (si es que logran un manejo sustentable), en la nueva meca de las lagunas bonaerenses para todo tipo de pescadores, especialmente mosqueros. Por cantidad y calidad de pesca será una referencia para todos los que amamos esta actividad.

Regresamos el camino andado desparramando barro y felicidad, conscientes de que tal vez esta haya sido “la última pesca” de la temporada, del año, o vaya a saber en cuanto tiempo. Las noticias sobre la pandemia arrecian del mismo modo que la tormenta de la mañana, se imponen severas restricciones, mi vuelo hacia Europa se suspendió ese mismo día, poco tiempo después se decretan cuarentenas rigurosas, una sensación de zozobra y pesadumbre se abate sobre todos nosotros, pero llevaremos por mucho tiempo el dulce sabor de la “última pesca”, una última salida que terminó siendo “extraordinaria”….

Pepe Miguez

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